Por Roberto G. Abrodos (*), especial para NOVA.
Día martes 2 de abril, un día más salvo por mi cumpleaños, llegamos de almorzar y llovía un poco, la siesta era lo más aconsejado, no pudo ser, la lluvia comenzó a ser más pertinaz a cada momento. Hasta aquí lo usual en lluvias fuertes, se llenó la calle de cordón a cordón, mi esposa fijándose por la ventana a cada rato, yo estaba haciendo algo, no recuerdo qué, comenzó mi atención a desviarse por el ruido en un pequeño alero en mi patio y las hojas que evitaban que se fuera el agua hicieron que me empapara al liberar de ellas las dos rejillas de desagüe pluvial.
Los minutos corrían y la lluvia impresionaba, el agua pasó el cordón y se acercaba cada vez más a nuestra puerta, algunos de los automovilistas aceleraban levantando oleaje, mi señora decía en voz alta: “Dios, que pare por favor”. Yo en silencio decía lo mismo, en ese momento ya estábamos sentados en la mesa, sentimos un ruido y era el vidrio del garaje que se partió, el agua estaba ingresando ya por todos lados.
Teníamos todavía esperanzas que parara de llover, un fuerte ruido nos quitó la fe, la heladera acababa de volcarse, diferentes cosas comenzaron a desplazarse, no queríamos irnos, tuvimos que hacerlo a la parte de arriba del consorcio donde vivimos, una vecina nos dio cobijo y mal dormimos, una mala noche asomándonos a cada rato al balcón donde vimos autos pasar flotando y muchas cosas más.
Sé que podríamos haber muerto, electrificados, de frío o simplemente de espanto, hemos perdido muchas cosas, más no la dignidad y el gusto por vivir en una ciudad tan hermosa, sólo ruego que se realicen las adecuaciones fluviales necesarias para volúmenes tan impresionantes de agua. Yo vivo en la zona de 55 y 21.
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