Opinión
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Documento del CEM "5 de Noviembre": Juan Manuel de Rosas y la semilla del orden republicano federal

Juan Manuel de Rosas.
Juan Manuel de Rosas.


Por Sabino Mostaccio (*), especial para NOVA.

 

 

En este artículo analizaremos el pensamiento y las acciones de Juan Manuel de Rosas en uno de los aspectos más controversiales de su apasionada vida política: su contribución a la organización federal y republicana del país, a menudo oscurecida en nuestra historia.

 

Juan Manuel de Rosas fue un prominente estanciero bonaerense empujado casi por azar a la vida pública, debido a los turbulentos sucesos del año 1820. Junto con su ejército privado de paisanos, los "Colorados del Monte", detuvo la atroz guerra civil que asolaba a la entonces flamante provincia de Buenos Aires y logró asentar la legalidad en la persona del gobernador Martín Rodríguez, que disfrutó de un mandato tranquilo y pleno de progreso para la provincia y paz en el resto del país.

 

Lo que vino después es historia: la guerra con el imperio del Brasil, la experiencia presidencial del unitarismo rivadaviano y su traumática final. Mientras, Rosas, ya inclinado al bando federal en esta contienda, prosiguió con su labor de estanciero y gendarme en la campaña bonaerense.

 

Pero los fuegos de la guerra civil seguían encendidos y la llama acabo consumiendo la vida de Manuel Dorrego, gobernador federal de Buenos Aires que intentó sin éxito difundir la tradición federal estadounidense en estas tierras, pero su genio político no pudo hacer nada frente a la pesada carga que había dejado esa guerra estéril con Brasil y la ambición de muchos antiguos unitarios, que pisotearon la legalidad por la que tanto clamaban y perpetraron un golpe de estado que se saldó con una guerra civil a escala nacional que dejó miles de pérdidas humanas.

 

En 1829, el año más sangriento registrado de las atroces guerras civiles argentinas, Juan Manuel de Rosas, emergió como la mayor figura de la provincia de Buenos Aires, y en el ansiado garante del orden, la seguridad y la paz que el país y su provincia ansiaban. En resumen, el guardián de la legalidad pisoteada por la brutalidad y la intolerancia entre argentinos.

 

Tras dos años de feroces luchas contra los unitarios, con la inestimable ayuda de los caudillos federales del Litoral (López, Ferré y Echague), además del despojado caudillo riojano Facundo Quiroga, el caudillo bonaerense logró la paz definitiva y estableció la hegemonía federal en el país.

 

Terminó en 1832 su mandato luego de imponer el nuevo orden derivado del Pacto Federal, y se retira de la política para volver a su labor en el campo. Decidido a imponer el orden y la seguridad en la campaña de  bonaerense, emprende una expedición contra las tribus indígenas refractarias del sur, extiende la frontera, disuade las ambiciones chilenas que asomaban sobre nuestra Patagonia, y es tan espectacular su demostración de fuerza que por dos décadas habrá paz con los indígenas del sur y con el vecino país de la cordillera.

 

En la gran aldea porteña, mientras, han estallado discordias intestinas entre los propios federales que perturban la paz en Buenos Aires y los conflictos limítrofes desgarran a las provincias del norte. Rosas, ya consagrado como héroe popular por las masas, emerge de nuevo como el "hombre fuerte" de la política local, pero no sale a escena de inmediato.

 

Primero, encarga la pacificación del interior al caudillo riojano, que con sus dotes de negociación y ayudado por buenas circunstancias logra la paz entre las provincias hermanas de Salta y Tucumán, deteniendo una nueva guerra civil. Pero en todo el país empieza a cundir el clamor de organización republicana y varios caudillos, entre ellos Quiroga, piden por una constitución que asegure la unidad nacional.

 

Rosas, que sostenían una postura más conservadora, consideraban que aun no era momento aun de dar el gran paso. Su tesis principal era que las provincias aún no estaban habituadas a vivir en paz, y que, por ende, el pueblo argentino, si es que podía hablarse de tal en esa época, no tenía la costumbre de ceñirse a la legalidad.

 

Por eso, en tales condiciones, proceder a establecer una república sin haber creado todavía un aparato institucional fuerte ni tampoco teniendo un pueblo que, a juicio de Rosas  no estaba preparado para gobernarse a sí mismo en un contexto de paz y estabilidad, era una locura.

 

El último factor a considerar, señalado por Rosas, era que los unitarios eran muy hábiles y que inmediatamente iban a copar las estructuras de gobierno para pervertir el sistema desde adentro. Todo esto, aparece citado en la famosa Carta de la Hacienda de Figueroa (diciembre de 1834), que Rosas dirigió a Quiroga y que este llevaba consigo al momento de ser ultimado en su paso por la provincia de Córdoba.

 

Este brutal y aun no del todo esclarecido crimen conmocionó terriblemente a la nación y preparó el camino para el gran acto final en la vida pública de Rosas, su segundo mandato, que ocupó 17 años de nuestra rica historia.

 

El "Restaurador de las Leyes", como se lo conocía, tenía ahora la suma del poder público. Construyó una fuerte base de poder en todo el país, batió reiteradamente a sus enemigos tanto internos como externos (humilló ni más ni menos que a las dos mayores potencias mundiales, Francia y Gran Bretaña) y logró que la Argentina sea un país respetado por sus vecinos.

 

Solamente su extremo conservadurismo, que le impidió comprender que su momento había pasado, junto al rencor que su violenta persecución de los adversarios políticos y el manejo discrecional del comercio exterior (cuyos beneficios nunca llegaron a todo el país), habían causado, acabaron por erosionar sus bases y coaligar a sus enemigos de adentro y de afuera, que terminaron por desalojarlo del poder y pretendieron, no contentos con eso, borrarlo de la historia.

 

Pero no pudieron, ya que el peso de la evidencia fue más fuerte. Cosecharán los prohombres liberales el orden y la paz que tan trabajosamente Rosas y los caudillos sembraron en un pueblo que necesitaba guías para no perder su sentido. Ha llegado la hora de hacerle justicia al restaurador y su sentido del orden y la autoridad. El mismo Rosas que al final de sus días aún se vanagloriaba de haber salvado al país de la anarquía y las luchas facciosas que azotaban a otros hermanos americanos.

 

Es innegable que muchos de los actos cometidos a nombre de Rosas y su causa nos repugnan hoy en día, pero en los tiempos de Rosas no se conoció lamentablemente otro tipo de vida: una tranquilidad perdurable que permitiera a los individuos desarrollar su potencial y solidificara plenamente la unión nacional.

 

Vinieron aún dos décadas de guerras intestinas después y el siglo XX estuvo atravesado también por virulentas luchas fratricidas entre argentinos.

 

Esperemos que los ecos del pasado resuenen en nuestros corazones y que finalmente, el problemático matrimonio entre orden y libertad encuentre por el bien de la república y la hermandad de los argentinos, el sosiego que necesita para que este país continúe floreciendo.

 

 

(*) Licenciado en Ciencia Política y Relaciones Internacionales, representante de "Usinas Pampa Sur La Plata", Centro de Estudios Multidisciplinarios (CEM) "5 de Noviembre". Sitio web: www.sautelmegusta.com.ar.



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