Por Santiago Albizzatti (*).
Desde hace dos días se llevan a cabo homenajes a Néstor Carlos Kirchner, quien fuera intendente de Río Gallegos en 1987, gobernador de Santa Cruz en 1991, diputado de la Nación y presidente del Partido Justicialista en el 2009, presidente de la Nación en 2003, y secretario General de la Unasur en el 2010. Doctor Honoris Causa de las universidades de Lanús, Entre Ríos y Fudán, Collar de la Orden del Libertador en Venezuela y de la Orden del Mariscal Francisco Solano López en Paraguay. O Néstor, simplemente Néstor.
Fue el que tomó el bastón presidencial al revés, el que se cortó la cabeza cuando se escapó del protocolo para confundirse con las masas, el simpático amigo de los noteros de CQC, el que parecía tomarse todo a chiste. Pero también fue el que llevó adelante las anulaciones a las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, que significó llevar a juicio a los responsables de los crímenes de lesa humanidad cometidos durante la década del 70. Fue el que se enfrentó al FMI y canceló una deuda de 9.800 millones de dólares para recuperar el derecho a elegir nuestra propia política económica, la libertad de no sujetarnos a recetas ajenas.
No fue un Dios, ni fue perfecto. Era un hombre. O mejor aún, un animal político. Y como tal defendió su visión del país y de la política a capa y espada, para bien o para mal. Para bien cuando supo que la vía del capitalismo voraz de los organismos multilaterales de crédito no era la indicada para un país en vías de desarrollo, con una necesidad urgente de industrialización y desendeudamiento.
Para mal cuando intervino el Indec, avasallando un organismo oficial de medición de indicadores económicos. Para bien cuando defendió el regionalismo en detrimento de la subordinación a los Estados Unidos, uniéndose a Evo Morales, Hugo Chávez y Luiz Lula da Silva.
Juntos llevaron a América del Sur a una potencialidad política y macroeconómica nunca antes vista en la historia de la región. Para mal cuando se excedía en su personalismo, sobre todo en su etapa post-presidencial. Para bien cuando sacó al país de la peor cesación de pagos de su historia, y de yapa, para hacer algo más, disminuyó notablemente los índices de pobreza y desempleo en el país. Un animal político, para bien y para mal.
Algunos lo criticaron duramente y se opusieron a casi todas sus medidas de gobierno. Unos porque aquellas decisiones atentaban contra sus propios intereses económicos, otros por honesta contraposición ideológica, y también estaban aquellos que no podían deshacerse del vestido de cipayo. Porque, ¿qué hace un cipayo cuando lo obligan a dedicarse a otra cosa?
Un creciente porcentaje del país, en cambio, lo apoyó. Pasó de ser un personaje poco conocido a ser poco menos que un héroe popular. Para la mayor parte de la oligarquía argentina el origen de ese apoyo era toda una incógnita. ¿Quién podía apoyar a este hombre que no sabía siquiera hacerse el nudo de la corbata como Dios manda?
La respuesta a esa pregunta llegó poco después. Comenzó a tejerse con la operación de carótida de febrero de 2010 y con la angioplastia de septiembre. "El hombre", como lo llamaban algunos, recorría los últimos días de su vida como vivió todos los demás.
Enfrascado en reuniones, rosqueando con sus compañeros, preocupado por el país, terco, infatigable, valiente, avasallante. Perseguido por un grupo de médicos que le rogaban que se acueste, que descanse, que lea algún libro, que coma bien. Él dormía poco, no descansaba nunca, leía sus propias notas y comía cuando alguien le cruzaba un plato en su camino.
Llegó, contra su voluntad, el 27 de octubre de 2010. Y contra su voluntad llegó la respuesta del país a la oligarquía argentina. Porque el país, según él lo entendió, era eso. Los jóvenes que hicieron hasta 16 horas de cola para saludarlo por última vez en el Congreso, los viejos que se apoyaban en las columnas para mantenerse en pie, la gente que vino desde el campo (sí, desde el campo) a reclamarle fuerza a Cristina, los miles de ex pobres e indigentes que se acercaron en micro o caminando a agradecerle sus nuevos trabajos.
Porque la Argentina que soñó era esa, que apareció como aparecen siempre los argentinos, motivados por el dolor, el orgullo, el ensueño. Como aparecieron los "grasitas" del 45, de la oscuridad, del silencio, de la nada. Pero ahí estaban entonces, y aquí estuvieron ahora.
Ni Dios, ni héroe. Un político argentino. Y qué político.
(*) El presente artículo fue escrito por el politólogo Santiago Albizzatti, desde el Centro de Estudios Multidisciplinarios "5 de Noviembre" de Pampa Sur La Plata.