Por María del Carmen Taborcía (*)
La economía, ya lo decía Aristóteles, es la ciencia que se ocupa de la manera en que se administran unos recursos con el fin de satisfacer las necesidades que tienen las personas y los grupos humanos.
Es una ciencia social, que utiliza las matemáticas como medio y no como fin, ya que estudia a la sociedad y a su comportamiento en el entorno económico.
Sea una economía liberal, capitalista o cualquier otra denominación que se le pueda atribuir, el actual modelo económico, casi estandarizado en el mundo, no da los resultados que proclama y promete brindar a la mayoría de la población.
La súper concentración de capitales se ha agudizado en 2016. Parece que ocho personas poseen la misma riqueza que la mitad más pobre de la humanidad. El crecimiento económico se ha inclinado a beneficiar a los que más tienen.
Quienes conducen los destinos económicos de las naciones, políticos y corporaciones, se encuentran indubitablemente unidos y hacen un frente común para deliberadamente pauperizar a las poblaciones.
Según el informe de la Organización no Gubernamental Oxfam, entre 1988 y 2011, los ingresos del 10 por ciento más pobre crecieron apenas tres dólares, mientras que los del 10 por cineto más rico subieron 182 veces más.
La desigualdad se cronifica e intensifica. En Vietnam, por ejemplo, el hombre más rico del país gana en un día más que la persona más pobre en 10 años.
El sistema fiscal global también favorece en gran medida a las mayores fortunas del planeta. Entre las estrategias para contribuir lo menos posible, se usan los paraísos fiscales, una práctica que genera inmensas pérdidas de dinero para los países en desarrollo. Son las guaridas preferidas por los evasores tributarios.
Las falsas premisas imbricadas en el modelo reinante: idea de que la riqueza individual extrema no es perjudicial, sino síntoma de éxito, y que el crecimiento del PIB debe ser el principal objetivo de la elaboración de las políticas.
De seguir esta acumulación de riqueza a este ritmo, en 25 años se tendría el primer “trillonario” del mundo, que para acabar con su fortuna necesitaría gastar un millón de dólares al día durante 2.738 años.
(*) Abogada y escritora.