Por Santiago Albizzatti (*)
¿Se puede ver a la economía política desde su aspecto moral? ¿O lo único que importa son costos, beneficios, ganancias y rentabilidades? Esta misma pregunta se hizo Karl Christian Friedrich Krause hace unos doscientos años, y de aquella pregunta nacería el movimiento económico y filosófico que cambiaría el modo de ver y administrar la economía de los países.
Krause nació en Eisenberg, Alemania, un 6 de mayo de 1781, hijo de un ministro protestante. Ingresó muy joven en la Universidad de Jena, que actualmente tiene más de 450 años y es una de las casas de estudio más prestigiosas de la vieja Europa, con estudiantes de la talla del mismo Krause, Schelling, Karl Marx y Schopenhauer.
Se transformó en discípulo de Fichte y Schelling, inclinando sus conjeturas filosóficas hacia el idealismo, doctrina que afirma la preponderancia de las ideas. Desde allí lanzaría, en lo quedo de su austero despacho, algunas ideas que cambiarían el modo de pensar al mundo y hasta servirían de fundamento para el nacimiento de partidos políticos a lo largo y ancho del globo, entre ellos la Unión Cívica Radical en la Argentina.
Uno de los primeros conceptos revolucionarios que adoptó fue el de la "Alianza de la Humanidad" entendida como una educación integral del ser humano que lentamente va dejando atrás las oposiciones que la tradición le había impuesto (naturaleza y religión, razón y fe) y comienza a comprender a la educación como una actividad universal e inclusiva, promoviendo la libertad académica y de cátedra. Este concepto revolucionario en su época, hoy ha sido adaptado con naturalidad a nuestra vida académica, en gran parte, gracias a él.
Pionero en la reivindicación de los derechos de la mujer, del niño y de la naturaleza, creó un modo de pensar la macroeconomía que sería el pilar del pensamiento de muchos grandes líderes políticos a lo largo de la historia.
Hace apenas una semana, uno de los más prestigiosos filósofos políticos de la actualidad, utilizó una colorida anécdota para señalar la importancia que tiene -o debería tener- el pensamiento de Krause en la actualidad. Una madre dedicada camina muchas cuadras, evitando las cadenas de supermercados y los negocios locales, para comprar huevos naturales de granja para su hijo. Llega a su casa, los hierve y los presenta con orgullo en la mesa partidos en dos. Su hijo, al ver el color profundamente amarillo de la yema, los rechaza con asco, pensando que están podridos.
¿Qué nos muestra esta simple anécdota? Que las malas prácticas, repetidas de manera sistemática, poco a poco van ganando su lugar hasta naturalizarse en la idiosincrasia popular. A falta de mejores palabras, nos acostumbramos y hasta naturalizamos lo que está mal, al punto de llegar a desconocer o sospechar cuando alguien nos ofrece algo que está bien, a cambio de nada. El chico esperaba ver las yemas opacas y sin sabor que producían las grandes cadenas de producción. Era a lo que se había acostumbrado.
Pareciera que los valores se han trastocado. Que lo lógico es lo ilógico. Si un político recorre barrios abnegados, es porque está en campaña y lo más natural es que, cuando finalmente acceda a su cargo, se olvide de aquellos lares. Cuando el estado entrega subsidios, lo esperable es que haya en el medio una intrincadísima red de distorsiones y clientelismo, de modo tal que lo natural es que le llegue a quien no lo necesita, y quien lo requiere con urgencia tenga que hacer larguísimas colas e interminables trámites para finalmente no obtenerlo. Cuando surgen líneas de créditos para Pymes, los empresarios preguntan con llaneza cuánto es lo que "tienen que dejar" para que les aprueben los créditos.
¿Cómo combatir este mal endémico? El krausoinstitucionalismo nos propone un volver a las bases. Regresar a los tiempos en que la política era por y para el pueblo y la macroeconomía tenía como última finalidad la de la consecución de una mejor calidad de vida para todos los habitantes de una nación. Donde las herramientas de la política económica (medidas, regulaciones, leyes, subsidios y políticas impositivas) estén atravesadas por un profundo sentimiento moral.
¿Pueden estos principios arraigar en los actuales líderes políticos argentinos? ¿O pensar que van a escaparse de los insultos, chicanas y diatribas de la contienda electoral, para atravesar su plataforma política con algún elemento ético, es una infantil muestra de inocencia?
Más de 200 años después de la creación teórica de Krause, y a menos de seis meses de las próximas elecciones legislativas, existe una porción representativa del pueblo argentino que aún no naturalizó lo que está mal, que sigue esperando una actitud ética de sus líderes, y que sigue, en definitiva, esperando una señal.
(*) Licenciado en Ciencia Política y Relaciones Internacionales, posgrado en Políticas Públicas, representante de "Usinas Pampa Sur La Plata", Centro de Estudios Multidisciplinarios (CEM) "5 de Noviembre".
Más artículos en el sitio web: www.sautelmegusta.com.ar.