Por Roberto G. Abrodos (*), especial para NOVA.
Corrían los años en que, fruto del tesonero quehacer de sus 30 mil habitantes, la ciudad surgía aceleradamente, inclinándose en las Lomas de la Ensenada de Barragán. Colocada la piedra fundamental el 19 noviembre 1882, bien pronto comenzaron a elevarse los palacios de la Casa de Gobierno del Banco Hipotecario, donde funciona la Universidad, la catedral, la Iglesia San Ponciano, entre otros, y los plátanos y palmeras plantadas por el jardinero Besset comenzaban a adornar sus calles y jardines.
La ciudad que nació como solución de un problema político que fue la concepción de un visionario contó desde su nacimiento con las últimas conquistas del progreso, pues por eso sus calles tuvieron alumbrado eléctrico y por ellas circularon los primeros tranvías de la empresa de don Manuel Jiménez, siendo ambiente propicio para diversas manifestaciones culturales y sociales.
Las carreras de caballo gozaban entonces de creciente popularidad. Los triunfos de los ejemplares nativos en las competencias realizadas en los hipódromo de Palermo y Santa Teresa, en Lanús, tuvieron la virtud de encender el entusiasmo de los aficionados por tal deporte, habiéndose realizado carreras cuadreras en nuestra ciudad en la que existían buen número de animales mestizos y criollos.
Luego de un intercambio de ideas entre el gobierno provincial y las autoridades del Jockey club de Buenos Aires y del club Central de Carreras, aquel designó una comisión que tuvo al doctor Santiago Luro como presidente e integrada por don Emilio Casares como tesorero, y Eliseo Ramírez, Eduardo Casey y Daniel Fernández debían correr con la instalación de un circo de carreras en el lugar más apropiado, confeccionar el presupuesto y elevarlo al Poder Ejecutivo antes de proceder a su construcción.
El ingeniero español don Joaquín V. Maqueda fue el encargado de proyectar las instalaciones cuya construcción fue iniciada a comienzos de 1884 y fue terminada totalmente hacia 1885; demandó la inversión de 80 mil nacionales aproximadamente.
No debe extrañar que el Dr. Dardo Rocha haya sido el principal propulsor de la iniciativa desde que su nombre figura en el primer tomo del Stud Book argentino cerrado en 1888, como propietario de la yegua Formosa por Ace of Diamont y Petróleuse, hermana materna de Porteño, el célebre progenitor del invicto Gladiador, "rival del viento" al que cantara en su tumba de la estancia "La Laura" el doctor Carlos Delcasse, caballero por cuyo gimnasio desfilaron los niños bien de la sociedad porteña de fines del Siglo XIX y principios del XX.
Las obras en marcha
A todo vapor se trabajaba en la ciudad. Diariamente llegaban más de 100 vagones cargados con materiales de construcción que resultaban sin embargo insuficientes. Las obras del hipódromo eran inspeccionadas dos veces a la semana por el Dr. Luro hasta que, en condiciones de ser inauguradas, se fijó para ello el 8 septiembre 1884.
Llegados con tiempo suficiente los parejeros de Bosch, Luro, Casares, Malbran, Molina y los del estudio Santa Teresa de don Anacarsis Lanús, que habrían de animar la reunión inaugural, completaron en él su entrenamiento y un día pasearon por las calles de la ciudad ante la admiración de los vecinos.
El “Hotel Bruny” y el “Del Comercio” resultaron exiguos para albergar la legión de entusiastas que se preparaban a asistir a la inauguración del circo considerado entonces como el mejor de cuantos existían en el país, pero, sin embargo, un huracán desatado el día cuatro y las inundaciones producidas en varios partidos obligaron a suspender la fiesta para el 14, oportunidad en que se repitió la invasión de porteños que descendían del tren en la curva de 1 y diagonal 80 y caminando dos cuadras por una calle 20 metros de ancho flanqueada por añosos eucaliptos llegaban al Hipódromo.
Donde hoy está la tribuna del “paddock” se alzaba el suntuoso palco, construido de ladrillos de máquina, columnas de hierro y techo del tejas francesas, al que tres escaleras de doble entrada brindaban acceso. Con poca capacidad para 1500 personas, se ubicaban en 28 palcos y en bancos de varillas, pudiendo divisarse hacia el este el blanco caserío de la Ensenada de Barragán y los saladeros que darían origen a Berisso que rompían con la soledad de los campos.
La pista, que tenía una extensión de 200 metros, era de forma elíptica con dos circulares en su interior, formando un ocho, y una recta paralela al palco en la que se corría carreras criollas, los días en que no había reuniones oficiales.
La fiesta inaugural
Casi simultáneamente con el decreto que dispuso la construcción del circo hípico, expedido en diciembre de 1882, el Gobierno instituyó dos premios, denominados La Plata y Buenos Aires, ambos de idéntica designación en dinero, fijándose como escenario de su disputa los circos de Santa Teresa en Lanús y de Palermo.
El primero, reservado a potranca si potrillos de tres años, por realizarse con un mes de antelación al Gran Premio nacional, servía para aclarar el panorama con vistas a la consagración del mejor exponente de su generación; y el segundo, de similares condiciones, brindaba ocasión para que el mismo ratificara la legitimidad de su título.
En el año 1883, primera ocasión en que se corrieron, triunfó en ambas San Séller, convertido a raíz de ello en una celebridad, ya que en el primero derrotó al no menos famoso Pihuen, hermano entero del crack Gladiador y en el segundo a Terminación, otro crack de la época y Naná, la hija de Altyre de propiedad del coronel Bosch, ganadora del Jockey Club en el primer año de su disputa y cuyo nombre, hecho en letras luminosas, adornó los balcones de la confitería “Del Aguila”, sede por entonces el reciente fundado Jockey Club de Buenos Aires.
En ese año de 1884, finalizadas las obras del hipódromo, el Gobierno dispuso que fuera escenario de ambos premios colocándolo de tal modo en un nivel jerárquico igualitario con sus similares. Y fue uno de ellos, el premio "La Plata", el que sirvió de base a la reunión inaugural en la que se disputaron además los premios Inauguración Mercedes San Nicolás y Dolores.
La reunión dio lugar a un acontecimiento social de gran jerarquía: asistieron las principales familias esta ciudad y la de los más prestigiosos ministros y legisladores. Prestaron su concurso a la fiesta las principales caballerizas porteña como la del señor Eduardo Casey, la del coronel Bosch, cuyos colores blanco y verde fueron paseados triunfalmente por el invicto “Gladiador”, el stud “Prisionero”, chaquetilla naranjera y Violeta propiedad del doctor Santiago Luro, la del señor Casares y el stud Santa Teresa. El stud Buenos Aires, del señor Casey, obtuvo tres de las cinco carreras disputadas siendo la de mayor significación la ley la victoria de “Dichosa” en el premio La Plata.
La temporada de 1887 brindaría otra nota de singular relieve en la vida del circo, aunque ambas reuniones se disputarán en un ambiente de general indiferencia según las crónicas de la época el premio “La Plata” fue animado por siete competidores. La segunda reunión, si bien no contó con gran concurso del público, fue presenciada por el presidente de la República, Dr. Juárez Celman, el gobernador Paz, y sus ministros generales Mansilla y Bosch, entre otros, la carrera por el premio Buenos Aires significó un cómodo paseo para “Condesa”, primer producto nacido en nuestro país ganador del nacional..
Pero el núcleo de aficionados locales no habría de contentarse con la realización de un par de reuniones anuales; primero fue concesionario del hipódromo el coronel Gaudencio, jefe de Policíaj y más tarde a iniciativa de un grupo de aquellos surgió una entidad el Club Hípico que lamentablemente no pudo sustraerse a los problemas económicos planteados por su funcionamientoj y al cese de sus actividades el hipódromo fue cedido en arriendo por el gobierno provincial por el término de 10 años a la Sociedad Anónima Hipódromo Provincial que lo tuvo nuevamente en 1898 hasta que se dispuso en 1904 la caducidad de su personería jurídica y el hipódromo pasó a ser explotado por el Jockey Club.
En esa época romántica del turf local transcurrirá en los tiempos difíciles en que con los triunfos compensaban malamente la tan cara pasión. Las reuniones se realizaron los jueves domingos y días feriados, terminando a las cuatro para permitir el retorno de los aficionados de Buenos Aires, Quilmes y Lomas de Zamora, que concurrían en gran cantidad a presenciarlas. Como complemento de la actividad del circo existía un reñidero de gallos que fue suplantado por boxes, una vez qué tan tradicional manifestación fue prohibida por el Gobierno.
Luego, hacia 1892, aparece en escena don Antonio Cane, cuya actuación en una época tan difícil trascendería en el tiempo por cuanto tuvo de pintoresca y forzada. Se cuenta en efecto que él dividía los lotes de acuerdo con las necesidades de la jornada y subido en una tarima de madera daba a conocer los nombres de los competidores el peso que había correspondido y eso que habría de dirigirlos y, además, detallaba los premios instituidos al ganador y de acuerdo con las ocasiones la importancia de la carrera disputada o la composición de lo que tanto podía ascender a un modesto premio de 20 a $30 en efectivo al primero o en otras 50.
Diez al segundo y devolución del importe de la entrada al tercero con una medalla de oro en ocasión de las festividades patrias en que los nombres de los competidores se conocían con 48 horas de anticipación para su publicación o diarios y en los pizarrones de la entidad.
Nace el Jockey Club
Fundado el Jockey Club, del que don Antonio Cane actuó en calidad de gerente, tomó a su cargo la explotación del modesto circo de que la imponente tribuna quedaba como expresión de un pasado y efímero esplendor. Los años transcurrieron en monótona sucesión, datando sin embargo de entonces las páginas anecdóticas más pintorescas.
No existía el patrocinio del Jockey Club de Buenos Aires, manteniéndose vínculos de reciprocidad el hipódromo de Longchamps, y como consecuencia de aquella situación los caballos y profesionales de Palermo y el hipódromo Nacional de Belgrano eran descalificados y actuaban en el circo local, viéndose obligados estos últimos sólo con nombres supuestos para evitar tal cosa, lo que da una idea de la seriedad con que se manejaba el hipódromo.
En 1915 se obtiene nuevamente el patrocinio, se instituyen los principales clásicos que hoy con distintas denominaciones algunas de estas prosiguen disputándose. Vuelven a correr en el bosque de los representantes de la Caballeriza Porteña, el circo provincial parece cobrar nuevamente su auge y se mejoran sus instalaciones.
Con el tiempo, sin embargo, se fue aletargando su vida, programas pobres, siete carreras, con pocos y bien conocidos animadores, caballada de desecho de Palermo, premios chicos con los que no atraían a la caballerizas porteñas, reducido núcleo del caballeriza locales, sus días transcurrieron languideciendo su existencia hasta llegar a mediados de 1927, en que la representación socialista del Congreso propicia la intervención federal a la Provincia, sosteniendo entre otras cosas como fundamento de sus posición la extraordinaria difusión del juego en la Provincia, la calamidad más grande que ha traído la demagogia radical, pues amenaza disolver todo los factores de grandeza y progreso que constituyen la base firme de una nación.
Fue entonces que, para conjurar el peligro de esa intervención, la bancada del radicalismo, a la sazón mayoría en la Legislatura provincial, propició la clausura de los hipódromos en territorios de Buenos Aires y supresión de los sorteos de loterías de la Caja Popular de Ahorros, entre otras medidas de represión del juego, que fueron mencionadas a tambor batiente. No obstante la proximidad del feriado de los festejos del 25 de Mayo, fue promulgada dos días más tarde, determinando el cierre del hipódromo, situación que habría de prolongarse por espacio de más de tres años determinando el éxodo de los profesionales hacia otros escenarios del interior.
Producido el movimiento revolucionario del ‘30, a mediados de octubre la Suprema Corte, por el voto unánime de sus miembros, resolvió favorablemente en la demanda de inconstitucionalidad de aquella medida iniciada por el Jockey Club, patrocinado por el doctor Manuel M. Elicabe que sostuvo la violación de los artículos 20 de la Constitución de la Provincia y el tercero del Código Civil.
De allí en adelante, todo fue un febril trabajar para reacondicionar el circo con el propósito de correr en ocasión del nuevo aniversario de la fundación de la ciudad que se avecinaba. Se obtuvo el patrocinio, ayuda económica, se cambió totalmente la empalizada con el asesoramiento de señor Tomás Cacela se restauraron las distintas dependencias, se construyó un pabellón de madera para el pago de boletos, se arreglaron los jardines y en 19 el viejo circo se vistió de gala para la iniciación de la etapa más pujante de su destino.
Recibidas las anotaciones para un programa de siete carreras integrados por los premios Aniversario, Reapertura Hipódromo La Plata, Dardo Rocha, Presidente Teniente Gral. José F. Uriburu y 19 Noviembre.
Paro el gran día, y desde hora temprana, el circo se vio poblado de entusiastas aficionados que, desafiando la inestabilidad del tiempo, colmaron sus reducidas instalaciones al punto de que una hora antes de la prueba inicial se caminaba con dificultad en las mismas, pasando muchos de ellos a la cancha auxiliar corrida las dos primeras carreras y en momentos en que entraba al hipódromo el presidente provisional de la República, el general Uriburu, una tormenta espantosa acompañada de un fuerte viento, primero, y luego de un granizo considerable dejó en tan malas condiciones el terreno que no pudo completarse el programa.
A todo esto, el teniente general Uriburu y su comitiva, lejos de amedrentarse ante tal circunstancia, hicieron su entrada al hipódromo bajo una lluvia torrencial, siendo recibidos en el pesaje por directivos de la institución, trasladándose al palco oficial donde fue objeto de calidades demostraciones de simpatía por parte del público que requirió su palabra, que fue seguida por la del ministro de Guerra, Gral. Medina, y del Interior, doctor Sánchez Sorondo. Tras ella, abandonó el hipódromo mientras la mayoría totalmente mojados se alejaron.
El año 1934, el gran impulso
De ahí en adelante se corrió regularmente, vinieron al hipódromo platense profesionales de distintos rumbos y caballos del interior en busca de mejores horizontes pero, paralelamente, se fue convirtiendo en reducto de individuos de toda calaña.
Fue la época de los pistoleros, los capitalistas de juego “acomodadores” de carreras y dopadores. Apareció el “Pepe el Herrero”, cuyas legendarias hazañas rodearon el circo de los eucaliptos de una atmósfera de brujería y resonantes episodios de toda índole ocuparan la crónica no sólo del turf sino también policial.
En 1934 asume la presidencia de la institución el doctor Huberto F. Vigñar, y el hipódromo inicia entonces su era de mayor impulso, hacia destinos superiores. En el aspecto material, pronto comenzó a notarse el espíritu de empresa del flamante presidente, ya que en el término de unos pocos meses se levantó la hermosa tribuna de “pelousse”, que estuvo en condiciones de ser inaugurada en la jornada del 19 noviembre a la que asistió el presidente de la República, general Agustín P. Justo.
En el aspecto técnico se puso especial empeño en perfeccionar los controles existentes, creándose otros nuevos, como por ejemplo servicio de identificación que se hizo extensivo a todos los competidores a raíz del recordado episodio de la sustitución de Carbonilla por Kety.
En 1941 se cambia totalmente la tierra de la cancha principal que estuvo clausurada corrigiéndose los desniveles hasta 45 centímetros. Se cambia la empalizada sustituyéndose los postes y barandas de madera por otros de cemento, se instalan cañerías de riego y líneas telefónicas subterráneas para comunicación con las pizarras con el “starter” y las casillas de los veedores.
En 1942, se instituyen los clásicos para productos que dieron al programa local una importancia que estaba reclamando desde tiempo atrás, sobre todo se implantaron distintas iniciativas que tuvieron la virtud de acicatear el interés de aficionados locales.
En primer término se aumentaron los premios, logrando elevar la jerarquía de los programas, se implantaron nuevos tipos de apuesta como la combinada que ya existía en Palermo y San Isidro y la triple traída del Brasil, que cuajó magníficamente en el medio local al punto de que no tardó en ser imitada por loterías y casinos. Y se creó la escuela de aprendices de la que fueron surgiendo un plantel de jóvenes pilotos al parecer llamados a destacarse en su profesión.
(*) La Plata la Ciudad Mágica
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