Opinión
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Documento CEM "5 de Noviembre": de revoluciones y revolucionarios

"El escenario, tanto interno como externo, no podría haber sido más adecuado para el estallido revolucionario", dice Santiago Albizzatti.
"El escenario, tanto interno como externo, no podría haber sido más adecuado para el estallido revolucionario", dice Santiago Albizzatti.


Por Santiago Albizzatti (*)

El 25 de mayo celebramos el final de una de las semanas más intensas de la historia nacional. Repetida hasta el cansancio en actos escolares y manuales de historia, con visiones oficiales (French y Beruti repartiendo escarapelas con la inocencia de una cocinera de Utilísima) y otras no tanto (French y Beruti como comandantes de la Legión Infernal, repartiendo divisas blancas para saber a quiénes dispararle y a quiénes no), la semana de mayo marca un antes y un después, un puntapié inicial en el proceso creativo del estado argentino puro, independiente y patriota.

El escenario, tanto interno como externo, no podría haber sido más adecuado para el estallido revolucionario. En los independientes Estados Unidos de Norteamérica ya se oía el repicar de las campanas de la libertad, de la propiedad privada y del sistema republicano, alimentados por el fuego abrasador de los revolucionarios franceses que, de la mano de Rousseau, Voltaire y Diderot, llegaban a América contrabandeando ideas.

La Inglaterra industrializada, siempre dispuesta al comercio y el contrabando, salivaba sobre los pingües réditos del potencial libre comercio en los puertos americanos, y el imperio napoleónico arrasaba con lo que quedaba de una España que hacía rato había perdido su rol de metrópoli para dedicarse a una desnutrida economía nacional, mal conducida por una dinastía de reyes ineptos.

En tierras criollas, el clima era igualmente propicio. La lejana España monopolizaba, sin aparente razón, el comercio exterior, empujando a los sedientos comerciantes del puerto a formarse en la cultura del contrabando de mercaderías. La piratería en ultramar hacía de la travesía desde España a América una aventura de altísimo riesgo, por lo que los barcos viajaban fuertemente escoltados por convoyes militares, a un altísimo costo. Esto obligaba a los gobernantes españoles a cerrar sus rutas marítimas a aquellos puertos en los que fuera redituable enviar sus naves. Así, la mercadería proveniente de España iba primero a las ricas México y Lima, y luego por tierra hasta la pobre Buenos Aires. Cuando finalmente llegaba, el cargamento era poco más que la sombra funesta de lo que había sido entregado en el norte del continente. Esto generaba descontento y un importante aumento del contrabando.

Los cargos políticos eran, por ley escrita, accesibles a todos. En la práctica, sólo eran reservados para los españoles. Además, las condiciones socio-económicas parieron una pugna entre dos bandos: los comerciantes, que buscaban perpetuar un status quo que les permitiera sacarle más jugo al contrabando; y los hacendados, que escrutaban el escenario político en busca de un libre comercio que permita mejores condiciones a la exportación de carnes y tasajo.

Con todo esto cocinándose a fuego cada vez menos lento, atraca en la costa patriota la goleta británica HMS Mistletoe repleta de periódicos de enero. En ellos, se anunciaba la disolución de la Junta Suprema Central de una España acorralada en Cádiz por los revolucionarios franceses. La autoridad que gobernaba caprichosamente desde 11 mil kilómetros de distancia había finalmente caído. El virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros y de la Torre (de ahora en más, Cisneros), se apuró a confiscar todos los ejemplares que existan en la embarcación, pero con tan poca celeridad que algunos se filtraron y cayeron en las manos de Belgrano y Castelli.

El 18 de mayo un grupo de revoltosos revolucionarios, encabezados por Cornelio Judas Tadeo de Saavedra y Rodríguez y Juan José Antonio Castelli, comenzaron una serie de reuniones secretas en la casa de Nicolás Rodríguez Peña y en la jabonería de Juan Hipólito Vieytes para dilucidar qué hacer ante éstas buenas nuevas. Las ideas iban desde tomar el poder por la fuerza a pedir un cabildo abierto. Comenzaba así la semana de mayo y se abría la temporada revolucionaria.

El 19 por la mañana Saavedra, Castelli y Manuel Belgrano se reúnen con el alcalde de primer voto y con el síndico procurador para solicitarle el cabildo abierto. Éste promete una pronta respuesta y corre como endemoniado a contarle a Cisneros que su incautación no logró su cometido.

El 20 por la mañana, Cisneros reúne en su despacho privado a todos sus colaboradores más cercanos, les hace saber que no está dispuesto a dar lugar a la petición de los patriotas y les exige su apoyo. Un enviado le comunica al grupo revolucionario la decisión y éste envía a Castelli a hablar con Cisneros. Ésta vez la reunión fue por la noche, con la presencia de algunos patriotas más, en la casa de Cisneros. Claro y sucinto, Castelli le explicó la situación nuevamente y le dio cinco minutos para que tome una decisión al respecto. El virrey accedió a la idea del cabildo abierto.

El 21 se reparten muchas más de las 450 invitaciones que se suponía que debían llegarle a las autoridades y a los vecinos más importantes de la capital. El 22 por la mañana se abre oficialmente el cabildo abierto y permanecería de este modo hasta pasadas las 12.00 de la noche. Lo que prolongó de este modo la cuestión fue el debate. Pocas veces en nuestra historia encontraremos tantos y tan buenos oradores expresando sus encendidas ideas en la mística de una sala que representaría para la posteridad la idea más pura de patriotismo y libertad.

Se debatía principalmente la legitimidad o no del gobierno y la autoridad del virrey. Habiéndose desconocido la autoridad del pobrísimo Consejo de Regencia que había quedado en pie en Cádiz, nacieron dos posturas enfrentadas. Por un lado los realistas, que sostenían que no había que hacer novedad con el virrey y que, más aún, mientras quedara un solo español en América debería ser tratado como soberano. Por el otro los patriotas, con Juan José Castelli y el cura Nepomuceno Solá como las voces cantantes, que buscaban formar una junta de gobierno que reemplace a las autoridades aún vigentes. La fórmula propuesta por Castelli, con la colaboración de Saavedra (que el poder se delegue en el cabildo abierto hasta la creación de una junta de gobierno) ganó la votación con 87 votos a favor.

El 23 se colocaron los avisos comunicando el resultado y convocando a los diputados de las diferentes provincias a acercarse a la capital a formar la junta.

El 24 se forma una junta provisional a la espera de la definitiva. Fue el último manotazo de ahogado de Cisneros, que se puso a sí mismo a la cabeza como presidente y comandante de armas. En consecuencia, la multitud de agolpó sobre la Plaza Mayor (actual Plaza de Mayo) con French y Berutti a la cabeza. Bajo una lluvia torrencial (y sin paraguas ni empanadas), se repartieron las insignias blancas para distinguir a los patriotas de los potenciales blancos de los ataques. La población se había cansado de esperar, y pedía la renuncia de Cisneros por las buenas o por las otras.

El 25 llegó con la misma lluvia, que ya había formado un barrial sobre los claros de la plaza. Cuando la bruma se aclaró sobre el campo, la multitud seguía allí, de pie, esperando para escribir su porción de la historia. El cabildo ordenó que la milicia desordene a la multitud y despeje la plaza. Los comandantes se negaron rotundamente a cumplir las órdenes, en parte por patriotismo y en parte porque estaban seguros que sus soldados se unirían al pueblo.

Cisneros renunció definitivamente cuando se escondía el sol detrás de las casas bajas que rodeaban la plaza. Se formó una junta patriota que representaba a los tres grupos políticos preponderantes en aquel momento: carlotistas, alzaguistas y milicianos. Tuvieron su lugar Saavedra, Castelli, Belgrano, Azcuénaga, Alberti, Matheu, Larrea, Paso y Moreno. Y entonces nació, finalmente, la patria.

El depuesto virrey no se quedó de brazos cruzados, sino que el mismo día despachó a un representante a reunirse con Santiago de Liniers y organizar la contrarevolución. Pero esa es otra historia.

(*) Licenciado en Ciencia Política y Relaciones Internacionales, posgrado en Políticas Públicas, representante de "Usinas Pampa Sur La Plata", Centro de Estudios Multidisciplinarios (CEM) "5 de Noviembre".



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