Se acercan las elecciones y comienza el vale todo: frentes de casas pintados, pasacalles en zonas prohibidas, pegatinas en columnas de alumbrado y semáforos, guerra de afiches y leyendas con consignas políticas y promesas de cambio por doquier. Lejos de respetarse los límites de la ley, las calles sufren la voracidad de la campaña política.
A pesar que se suelen firmar actas de compromiso en distintos distritos para respetar las pautas de propaganda –como en Mar del Plata-, la ambición y competencia superan todo tipo de acuerdos que solo representan una declaración de principios. El calendario electoral se transforma y está lejos de desarrollarse en armonía democrática.
En el horizonte político, las elecciones están a la vuelta de la esquina y hay preocupación por la escalada en gastos, suciedad y violencia.
En relación a ello, un comerciante del centro platense denunció en diálogo con NOVA: “A mí me hicieron sacar un toldito que tenía en la puerta del negocio y los políticos cruzan pasacalles de lado a lado de la vereda y está todo bien”
Según lo establecido en la Ordenanza Municipal número 9562, quedan prohibido dentro del Partido de La Plata, los anuncios de publicidad que se realizan por medio de columnas o estructuras de soporte emplazadas en la vía pública (acera o calzada o banquina) o en elementos existentes en la misma (árboles, fuentes, estatuas, postes de señalización de tránsito, de alumbrado, de telefonía, de video-cable, nomencladores de calles, cabinas telefónicas, refugios de transporte, etc.), sean de propiedad pública o privada; entre otros tipos de publicidad.
Veredas, paredes, postes, paradas de colectivos, monumentos, fachadas y columnas se convirtieron en víctimas del engrudo, del pincel y de los aerosoles. Comenzaron a abundar los afiches, que se superponen unos a otros y parecen incontrolables. Graffittis y pasacalles se suman a los afiches y generan mayor suciedad en las calles. La publicidad en sitios no autorizados es ilegal y a quienes la instalen les corresponden multas. Pero lo difícil es encontrar in fraganti a los que ensucian las calles.
Las pegatinas de campañas son tan viejas como el ejercicio de la democracia. La evolución de las técnicas de impresión sólo hizo que aumentara la cantidad de papel a pegar en semáforos, postes de luz o teléfonos públicos.
El botín de la Autopista
A la vera de la Autopista Buenos Aires – La Plata, de punta a punta, miles carteles publicitarios bombardean la visión de los automovilistas. Ni lentos ni perezosos para hacer campaña, los políticos encontraron allí un terreno fértil para emplazar sus gigantografías. De la mano, arribaron mecanismos oscuros de escrache.
Millones de pesos gastan los partidos en cartelería y pintadas a lo largo de la Autopista. También está el presupuesto en negro para mantener los paredones. El botín que hay detrás generó disputas de todo tipo: un día pintan unos, al siguiente los otros; un día se instala un inmenso cartel, al otro lo escrachan.
Los grupos que son contratados por aquellos trabajos, se enfrentaron en varias ocasiones en la calle. Cuando se cruzan realizando sus tareas, guerras campales detonan por el espacio y el botín que hay de fondo.
El camino desde la ciudad de las diagonales hasta el peaje de Hudson se convirtió en tierra de nadie, de disputas políticas y escraches. La policía, en plena connivencia, hace la vista gorda.
“La relación entre estos grupos y las fuerzas es evidente. Mientras están pintado, pasan los patrulleros y saludan como si estuviesen arreglando una plaza”, denunció un vecino de Villa Elisa en diálogo con NOVA.
Por más que existieron varios decretos que evidenciaron la emergencia vial y propusieron prohibir las publicidades en rutas, caminos y autopistas con carteles y gigantografías que distraen a los conductores, el botín que hay detrás de la publicidad es más importante que las miles de muertes por accidentes de tránsito.
Cuando las palabras y los hechos no alcanzan para convencer a los ciudadanos sobre cuál es el mejor camino para nuestra Argentina, en algunos sectores surge la impotencia y la peor cara de la política: la violencia y la corrupción.