Hace meses que este medio viene desenmascarando un entramado que mezcla testaferros, sociedades anónimas “clandestinas” y altos funcionarios, todo con el mismo fin: saquear al automovilismo argentino y poner en riesgo la vida de pilotos y espectadores.
En el centro del escándalo están Hugo Mazzacane (presidente de la ACTC y presunto dueño real de las sociedades organizadoras), Axel Kicillof (gobernador bonaerense) y Julio Alak (intendente de La Plata): el triángulo de corrupción que hoy amenaza con derrumbar la fiesta de la velocidad.
Las piezas del rompecabezas corrupto
El motor político que aprieta el acelerador
Según documentos oficiales y testimonios, tanto Kicillof como Alak habrían dado órdenes directas a sus respectivos organismos (COPAM y Secretaría de Control Urbano platense) para aprobar de forma irregular toda la documentación de Mazzacane.
Así, se evaden requisitos de seguridad y sanidad indispensables en eventos automovilísticos de alto riesgo, exponiendo a miles de personas.
El cóctel explosivo
Detrás de cada firma, hay un muerto que funge de testaferro, un comisario deportivo que condona irregularidades y un “hecho consumado” de impunidad. Se habla ya de delitos graves: incumplimiento de deberes, adulteración de documentos, abuso de autoridad y hasta complicidad en homicidio culposo si ocurre un accidente masivo.
Hasta ahora, todas las denuncias (presentadas en instancias administrativas y ante la Justicia Ordinaria) enfrentan demoras inexplicables. Mientras tanto, el autódromo se llena de público ajeno a que está a un par de trámites “truchos” de convertirse en escenario de una tragedia anunciada.
¿El desenlace?
Los denunciantes aseguran contar con un “sin número de pruebas” para llevar este caso ante el Ministerio Público Fiscal apenas venza el plazo administrativo.
Queda en evidencia que, en la “Carrera de la Corrupción”, Mazzacane, Kicillof y Alak no van en posición de podio para ganar, sino para hundir al automovilismo nacional en una curva letal.