El 12 de octubre de 1945, el presidente Farrell ordenó la detención de Perón, quien permanecía con Eva, “Rudi” Freude y Juan Duarte en una isla del Delta. La orden fue obedecida y el general trasladado a la isla Martín García a bordo de la cañonera Independencia. Al día siguiente, el diario Crítica titulaba: “Perón ya no constituye un peligro para el país”.
¿Cuál era el peligro que encarnaba Perón? La osadía de proclamar las leyes laborales largamente reclamadas por el movimiento obrero, el atrevimiento de fortalecer los sindicatos, la insensatez de regular las relaciones laborales, creando la indemnización por despido, la jubilación, los tribunales de trabajo, las escuelas técnicas para obreros y esculpiendo la dignidad de los “grasas” y los “morochos”.
Sus enemigos fueron los grandes grupos industriales, los comerciantes de mayor renombre, sectores de la ganadería argentina y parcelas políticas conservadoras. Nada podían hacer, sin embargo, para truncar este movimiento que nacía por todas partes y ya no habría de detenerse.
El 14 de octubre Perón envía dos cartas. La primera a su amigo el coronel Mercante: “Con todo, estoy contento de no haber hecho matar un solo hombre por mí y de haber evitado toda violencia. Ahora, he perdido toda posibilidad de seguir evitándolo y tengo mis grandes temores que se produzca allí algo grave... Le encargo mucho a Evita, porque la pobrecita tiene sus nervios rotos y me preocupa su salud. En cuanto me den el retiro, me caso y me voy al diablo”.
La segunda a Eva: “...Hoy he escrito a Farrell pidiéndole que me acelere el retiro, en cuanto salgo nos casamos y nos iremos a cualquier parte a vivir tranquilos... ¿Qué me decís de Farrell y de Ávalos?. Dos sinvergüenzas con el amigo. Así es la vida... Te encargo le digas a Mercante que hable con Farrell para ver si me dejan tranquilo y nos vamos al Chubut los dos... Trataré de ir a Buenos Aires por cualquier medio, de modo que puedes esperar tranquila y cuidarte mucho la salud. Si sale el retiro, nos casamos al día siguiente y si no sale, yo arreglaré las cosas de otro modo, pero liquidaremos esta situación de desamparo que tú tienes ahora... Con lo que yo he hecho estoy justificado ante la historia y sé que el tiempo me dará la razón. Empezaré a escribir un libro sobre esto y lo publicaré cuanto antes, veremos entonces quién tiene razón...”.
No hizo falta el libro. El constante tejer de la historia estaba elaborando una de sus mejores piezas.
Scalabrini Ortiz dijo: “… Un hálito áspero crecía de las densas vaharadas, mientras las multitudes continuaban llegando. Venían de las usinas de Puerto Nuevo, de los talleres de Chacarita y Villa Crespo, de las manufacturas de San Martín y Vicente López, de las fundiciones y acerías del Riachuelo, de las hilanderías de Barracas. Brotaban de los pantanos de Gerli y Avellaneda, o descendían de las Lomas de Zamora”.
Arturo Jauretche nos regala uno de sus mágicos pasajes: “En esa mañana del 17 de octubre vino a verme un dirigente de Lanús, Pedro Arnaldi, obrero de la construcción, artesano especialista en chimeneas de casas - habitación. Serían las 9.30 de la mañana. Entra y me dice:
- Doctor, nos venimos todos al centro.
- ¿Quiénes?
- Nosotros, todos, los obreros, los bolicheros, la gente del barrio, los maestros de escuela, todo el barrio se viene al centro. Porque ya no hay más radicales, no hay más conservadores, no hay más socialistas. Hay peronistas. La gente está con Perón y no hay más remedio. O Perón o la oligarquía.
- ¿Qué hago, doctor? -le dije-.
- ¡Agarrá la bandera y ponete al frente!...”
Cipriano ya se movilizaba desde Berisso enarbolando la bandera de los trabajadores de los frigoríficos, en una de las marchas a pie más movilizadoras que se recuerde en la historia argentina. La policía, que al principio había levantado los puentes del Riachuelo, los bajó al ver que la gente cruzaba igual a nado o en balsas.
Perón alegó problemas de salud y disuadió a sus captores para que lo trasladen al hospital Militar, en el barrio de Palermo. Era la madrugada del 17 y
Luego de una breve reunión, acuerdan que Perón tranquilizaría a la muchedumbre y los haría volver a sus casas, a cambio de la renuncia del gabinete en pleno. Perón salió al balcón de
Más allá de las palabras, las frases y los gestos, mucho más allá de las discusiones vacías acerca de la cantidad de personas que se habían acercado a la plaza, se había fracturado el esquema socioeconómico argentino, se había quebrado el sistema hasta entonces imperante. Es la rebelión popular, el nacimiento del partido más avasallante de la historia hispanoamericana, la bandera de la lucha por la dignidad de los trabajadores. Es, en palabras de John William Cooke, “el más alto nivel de conciencia al que llegó la clase trabajadora argentina.”
¡Feliz día de
“... Las muchedumbres agraviaron el buen gusto y la estética de la ciudad, afeada por su presencia en nuestras calles. El pueblo las observaba pasar, un poco sorprendido al principio, pero luego con glacial indiferencia” (Diario Crítica, 18/10/45).
(*) El presente artículo fue escrito por Santiago Albizzatti, licenciado en ciencia política y relaciones internacionales, desde el centro de estudios “5 de Noviembre” de Pampa Sur